Archivo | LEYENDA DE LA CALLE SIERPES (SEVILLA RSS feed for this section

LEYENDA DE LA CALLE SIERPES (SEVILLA)

6 Oct

La leyenda de la calle Sierpes

La calle, desde los tiempos de la Reconquista por San Fernando se venía llamando calle de Espaderos en razón a tener en ella su hospital y hermandad quienes hacían espadas. Históricamente no se sabe con exactitud cuándo empezó a llamarse calle Sierpes, ni por qué. Consta que una ordenanza mandada hacer por los Reyes Católicos, emplea los dos nombres, de Espaderos y de Sierpes. El ilustre polígrafo sevillano don Luis Montoto atribuye el nombre nuevo a haber vivido en esta vía un tal don Álvaro Gil de las Sierpes. Otros aseguran que en cierta barbería con honores de botica (pues los barberos eran al mismo tiempo sangradores, cirujanos y aún boticarios), hubo una sierpe como muestra, junto a los botes de sanguijuelas y lancetas de sangrar. Otros dicen que no fue una barbería sino un mesón el que tuvo en su muestra este animal, y que del mesón de la Sierpe tomó su nombre la calle.

Sin embargo, la fantasía popular, quizá con algún fundamento, ha tejido una leyenda en torno al nombre de esta populosa y castiza vía:

En los últimos años del siglo XV, cuando aún no había terminado la Reconquista, era Sevilla ciudad de paso para las tropas que escaramuzaban contra los moros del reino de Granada. La frontera insegura permitía infiltrarse fácilmente a individuos armados y partidas merodeadoras, que no solo hostilizaban a los castellanos en su retaguardia, sino que tomaban contacto con los moriscos residentes en las ciudades cristianas. Había también en muchas de estas ciudades, y por supuesto en Sevilla, barrios enteros habitados por judíos, descontentos y siempre dispuestos a fomentar con su dinero el bandidaje y la revuelta. Para agravar aún más el triste panorama de la época, los nobles españoles andaban divididos en bandos, hostiles unos a otros, y todos ellos hostiles al poder real que intentaba disminuir sus privilegios para fortalezer la autoridad de la Corona. Eran frecuentes por todas estas causas las muertes a mano airada, los pillajes y toda suerte de violencias que casi siempre quedaban impunes.

Por aquel entonces comenzaron a ocurrir en Sevilla siniestros sucesos. Con frecuencia faltaban niños, sin que nadie pidiera por ellos rescate, ni aparecieran luego ni vivos ni muertos. Unas veces era durante la noche, en el interior de las casas, robados de sus propias cunas. Otras veces, a la hora del atardecer, no regresaba de sus juegos alguna criatura, sin que jamás volviera a saberse de ella. Cundió la alarma en la ciudad, y las madres procuraban no separarse de sus hijos, llevándolos todo el día prendidos a sus faldas y acostándolos a su lado abrazados consigo por la noche.

Se susurraban en la ciudad mil diversos rumores. Decían unos que robaban estos niños los judíos para sacrílegas parodias de la crucifixión de Cristo y para mezclar su sangre inocente con diabólicas mixturas destinadas a hechizos. Otros aseguraban que los niños robados eran conducidos por bandidos moros a los palacios del rey de Granada para convertirlos en esclavos. Había quien aseguraba que más bien eran piratas turcos que remontaban el Guadalquivir en barcas y entraban en la ciudad disfrazados de mercaderes para llevarse a los niños y venderlos en los mercados del gran sultán de Constantinopla. Venganzas de los partidarios de los Ponce contra los Guzmanes y represalias de los partidarios de los Guzmanes contra los Ponce, afirmaban otros.

Pero he aquí que cierto día, un hombre embozado, de gallarda apostura, se presentó en la casa de don Alonso de Cárdenas que regentaba por entonces la ciudad.
– Vueseñoría perdonará que no quiera mostrar mi rostro ni decir mi nombre. Pero el asunto que me trae a verle es cosa que mucho importa al sosiego de esta ciudad.
– ¿Venís acaso a denunciar alguna nueva conjetura de los Ponce o de los Medina-Sidonia?
– Nada de eso, señor. Los intentos de esas dos nobles casas son tan conocidos que sería excusado el venir a contarlos. No, vengo a hablaros de algo mucho más importante: de los robos de niños que tiene acongojada a la ciudad.
– ¿De los robos de niños? Decidme: ¿quién o quiénes son los autores? ¿Habéis visto? ¿Podremos haberlos? Juro que si me ayudáis a prenderlos haré quemar a fuego lento en el campo de Tablada a esos criminales, o los mandaré descuartizar entre cuatro caballos en la plaza de San Francisco.
– A su debido tiempo haréis lo que convenga, si algo de eso os conviene, señor don Alonso, pero no es así el caso de mi venida, sino preguntar a Vueseñoría qué premio o recompensa puedo esperar si se acaba tan doloroso azote de Sevilla gracias a mi intervención.
– ¿Premio? El que vos pidáis; os lo prometo.
– No quiero promesas, mi señor don Alonso, y no es desconfianza. Pero después, ya sabéis, cambian los hombres, cambian las memorias. Yo querría, no una promesa, sino un compromiso formal ante escribano, y con las garantías que es razón en un asunto de tanta monta.
– Se hará lo que decís, porque no me duelen prendas cuando prometo algo.

Y don Alonso de Cárdenas, comendador de León y primer regidor de Sevilla, hizo venir a toda prisa a un escribano para que formalizase el documento.

– ¿Cuál premio pedís?
– El premio, mi libertad, señor.
– ¿Vuestra libertad? ¿Acaso sois esclavo?
– No; soy un preso fugitivo a quien la buena fortuna ha hecho descubrir el misterio de cómo y por dónde desaparecen tantos tiernos niños de esta ciudad. Veréis, hace pocos meses fui conducido a Sevilla desde Marchena, precisamente por haber tomado las armas en rebeldía contra el rey, siguiendo secretas órdenes de mi señor el duque de Arcos. Salieron mal las cosas y el duque me dejó abandonado a mi destino, y vine a un calabozo de la cárcel. No me resigné a pudrirme en tan húmedo aposento, y di en escarbar bajo el camastro, sacando la tierra escondida en las faltriqueras cada vez que me llevaba el guardían al patio a trabajar con los otros presos. Al cabo de cierto tiempo, llegué a tener un espacioso agujero por el que ganar la libertad, pues había topado por misericordia de Dios, con la cloaca antigua que va por debajo de la cárcel.
– Ya, ya he oído hablar de esas cloacas romanas, o de tiempos de los moros, que en esto nadie ha logrado aclararse. Les llaman el laberinto de Sevilla, y van por debajo de muchas de estas calles.
– En efecto; dí cierta noche en huir por ese ruín camino, a oscuras, y a tientas procurando orientarme por sus tenebrosas estrechuras para salir de la ciudad, Y en tal sazón, fue cuando encontré a quien robaba a los niños.
– ¿Judíos sin duda que por los pasadizos secretos de la sinagoga…? – preguntó el escribano.
– ¿Turcos que vendrían por las cloacas desde el río? – inquirió el regidor.
– Ni los unos ni los otros –respondió el desconocido-. Pero, escribid, escribid, señor escribano. Escribid el compromiso de don Alonso de Cárdenas de devolverme la libertad, y yo continuaré mi historia. Si no, por Dios, que calle hasta el fin del mundo.

Escribió el escribano con sus garrapateados renglones de apretados formulismos.
– ¿Vuestro nombre?
– Ahora sí lo diré. Me llamo Melchor de Quintana y Argüeso; bachiller en letras por los estudios de Osuna.

El secretario terminó de redactar su escrito y lo leyó pausadamente:
– … y por la grande importancia deste negocio, y servicio que presta a la ciudad remediando la aflición pública por la desaparación de muchos niños… vengo en perdonar y perdono en nombre de Su Alteza el Rey de Castilla, y de León, y del Algarbe… a Melchor de Quintana y Argüeso, del delito de rebelión armada otorgándole su cuerpo libre…
Firmó don Alonso de Cárdenas, y se quedó con el escrito en la mano, y dijo con voz grave y pausada:
– Ved que he firmado, no una promesa sino vuestra libertad. Este documento os entregaré y os dejaré ir libremente do queráis, tan pronto como me pongáis en disposición de prender al autor o autores de esos secuestros.
– Más haré todavía, no os diré dónde podéis prender al autor. Os llevaré donde está, muerto por mi mano hace dos días.
– Conducidme entonces a ese lugar, y teneos ya por libre tan pronto como me convenza de que decís la verdad.

Se dirigieron a la calle Entrecárceles, donde estaban las dos cárceles, y entraron en el grande caserón de la cárcel Real. Requirió don Alonso al alcaide para que les condujese hasta el calabozo que había ocupado Melchor y donde estaba mal tapado aún el agujero por donde huyó. Unos presos lo destaparon quitando el escombro que aquí se había echado y apareció nuevamente la galería de la cloaca. Era, tal como había dicho don Alonso, una vieja galería abovedada, de tiempos de los romanos, labrada quizá para desagüe en tiempos de inundaciones o para limpieza de la ciudad. Bajaron con luces, y acompañados del alcaide y de otros hombres de armas de los que guardaban la cárcel.

Delante iba, con una antorcha en la mano izquierda y una espada desnuda en la derecha, guiando al grupo, Melchor de Quintana. Anduvieron como cosa de cien pasos, y llegaron a un lugar donde se cruzaban varias galerías.
– Estamos en la calle Espaderos –dijo don Alonso-. Al menos eso es lo que deduzco por lo que hemos andado.
– Pues ahí tenéis al ladrón y matador de los niños -dijo Melchor-. Y levantando la antorcha para iluminar mejor la galería, mostró a los sorprendidos ojos de sus acompañantes el cuerpo disforme de un monstruoso animal, que les pareció en principio un cocodrilo o un dragón, pero que viéndolo más despacio reconocieron ser una gran serpiente, gruesa como un hombre, y de más de veinte pies de largo. Aunque impresionaba su temible aspecto, aún más les espantó el ver que tenía clavada en el cuerpo una daga hasta la empuñadura, y po la herida resbalaba viscosa, todavía, una ancha cinta de sangre.

Cómo había podido aquel hombre en la oscuridad tenebrosa de la cloaca luchar con el terrible animal y darle muerte, era cosa que parecía sin duda un gran milagro. Todos los circunstantes miraban con admiración y temor al gran bachiller Quintana, tal como si fuera un aparecido.
– En efecto, esta gran bestia era la que robaba los niños, sin duda saliendo por otras cloacas menores al interior de las casas -afirmó uno de los alguaciles armados que había estado reconociendo la galería-; pues he visto por el suelo algunos restos infantiles de sus horribles comidas.
– Señor bachiller; podéis ir libre como os he firmado. Marchad adonde os plazca, y para que no volváis a sentir la necesidad de meteros en rebeldías, pasad por la casa consistorial donde os proveeré de algún empleo si queréis quedaros en Sevilla, o de algunos dineros si queréis volver a vuestro pueblo.

Don Alonso ordenó que el disforme cuerpo de la Sierpe fuera sacado de aquella galería, para que su corrupción pasando unos días no infectase de pestilencia toda la ciudad. Fue expuesto el animal muerto en la misma calle Espaderos, y el vulgo que venía a verlo desde todos los barrios de Sevilla, a fuerza de repetir el relato, vino a llamar a esta calle “la calle de la Sierpe”, nombre que acabó por borrar la memoria del nombre de Espaderos que antes tenía.

Anuncios